
Henrietta Swan Leavitt (1868 - 1921) despierta las simpatías y el cariño de toda la comunidad astronómica actual, no solamente por el diseño de su método para medir distancias en el universo, sino porque ha sido ignorada durante más de un siglo, invisibilizada por la ciencia del siglo XX. Esta mujer seria y concienzuda desarrolló un trabajo admirable que le permitió ingresar en el selecto club de las más grandes científicas que ha tenido la astrofísica.
La familia de Henrietta Swan Leavitt decidió que tenía que recibir una educación, de modo que la enviaron a Radcliff, la sociedad de la Universidad de Harvard donde las mujeres podían recibir una instrucción. Ahí no pudo estudiar muchas ciencias, ya que la enseñanza se enfocaba principalmente a las letras. Tampoco pudo recibir una grado universitario, porque a las mujeres solo les otorgaban un certificado de estudios. Después de cumplir 25 años, en 1893, empezó a formar parte del equipo que trabajaban en el observatorio de la universidad, al principio gratis, aunque con el tiempo recibiría una retribución económica por su trabajo. El director del observatorio, Edward C. Pickering estaba obsesionado con la recopilación masiva de datos, como todos los científicos de la época. Creía que que la simple acumulación de conocimiento generaba, sin más, el avance de la ciencia.

Nube Pequeña de Magallanes, fotografiada por el observatorio de Harvard.
Al grupo de astrónomas que trabajaban para Edward Pickering las llamaban las calculistas de Harvard. Contratadas por el observatorio de esa universidad, se encargaban de las tareas de análisis y catalogación de las imágenes astronómicas que se tomaron del cielo del hemisferio norte desde Harvard y durante las campañas de Arequipa, Perú, en la que astrónomos de Harvard tomaron imágenes de miles de estrellas solo observables desde el hemisferio sur.
Las calculistas se encargaron de medir el brillo de todas esas estrellas. Henrietta Leavitt publicó un descubrimiento genial en 1908: había encontrado más de mil estrellas del hemisferio sur que brillaban diferente según pasaba el tiempo. No se conformó con eso, sino que además descubrió que el brillo de algunas de esas estrellas variaba de acuerdo con un curioso ciclo regular, que además dependía del tamaño de la estrella. Las más grandes variaban más despacio que las que parecían más pequeñas. A estas estrellas se las llama variables cefeidas porque siguen el patrón de una variable ya conocida más de 100 años años en la constelación de Cefeo.
Los descubrimientos de Leavitt servían para saber a qué distancia estaban realmente esas estrellas variables porque, una vez conocido el ciclo de variación, podíamos saber su brillo real y, por lo tanto, lo lejos de nosotros que se encontraban en comparación con otras que sabíamos que estaban más cerca. Como habían sido observadas en dos nebulosas que en aquella época eran un poco misteriosas, que parecían restos de la propia Vía Láctea que se habían desprendido de ella, se pudo determinar que su distancia era demasiado grande. De modo que se descubrió que estas nebulosas eran, en realidad, galaxias independientes.

Imagen de la galaxia de Andrómeda en la que Edwin Hubble marcó el descubrimiento de una estrella variable cefeida.
El método descubierto por Leavitt sirve para medir el universo entero. No tenemos más que encontrar estrellas que tengan cambios de brillo reconocibles y buscarlas luego en las galaxias más lejanas. Las variables cefeidas solo sirven para distancias no demasiado grandes, de solo unos millones de años luz. El astrónomo Edwin Hubble, un abogado dedicado también a la observación del espacio y a las cosmología, pudo medir, gracias al descubriendo de Henrietta Leavitt, que la entonces conocida como Gran Nebulosa de Andrómeda (que puedes ver en el cielo con tus propios ojos si te alejas de la contaminación de las farolas), es en realidad toda una galaxia independiente. De hecho, la Galaxia de Andrómeda es mayor incluso que la Vía Láctea.
Las estrellas más luminosas del universo son las supernovas. Estrellas que se autodestruyen cuando alcanza una determinada edad y que brillan como una galaxia entera. Estas estrellas han sido muy bien estudiadas, sobre todo un tipo especial en el que hay en realidad dos estrellas demasiado juntas, lo que deriva con el tiempo en que una engulle gran parte de su compañera, provocando finalmente una explosión gigantesca. Cuando observamos alguna estrella de este tipo en una lejana galaxia, tenemos muy fácil saber a qué distancia está esa galaxia realmente, porque sabemos muy bien cómo se va reduciendo el brillo de estas estrellas con el paso del tiempo. Y así es como el método descubierto por nuestra querida Henrietta se puede utilizar para medir el universo entero. De hecho es la forma más directa de hacerlo y siempre se celebra con júbilo el descubrimiento de la explosión de una supernova de este tipo en alguna remota galaxia, en los confines del universo observable.
Pickering, el jefe de las Calculistas de Harvard estuvo toda su vida empeñado en que las astrónomas del grupo acumularan más y más datos. Pero Leavitt siguió estudiando las estrellas variables para perfeccionar su método, que finalmente sirvió, una vez determinada la distancia a Andrómeda, para descubrir que el universo es más grande de la Vía Láctea. Si nuestra Henrietta hubiera vivido un poco más, podría haber sido nominada al Premio Nobel, como intentó hacer la Academia Sueca de las Ciencias en 1921, poco después de su muerte, de la que no habían sido informados aún. Con el tiempo, en 2011, se concedió el Premio Nobel de Física a los astrofísicos Saul Perlmutter, Brian P. Schmidt y Adam G. Riess por haber descubierto que parece que el Universo se expande cada vez más y más deprisa. Las observaciones de estos científicos se basan, precisamente, en el descubrimiento de supernovas en galaxias lejanas y en la observación de su pérdida de brillo después de la explosión. Este método es la evolución del descubrimiento de Henrietta Swan Leavitt de cómo medir distancias a otras galaxias utilizando variables cefeidas, un método que pudo mejorar gracias a que no se limitó a recoger datos y más datos, como le pedía que hiciera su jefe. Leavitt se las ingenió para ampliar los horizontes de la ciencia y, a la postre, el del universo conocido. Su salario no estuvo nunca al nivel de lo que consiguió para la ciencia astrofísica.

Henrietta Swan Leavitt.

El telescopio de 8 pulgadas de Harvard, en Arequipa. Foto: Harvard.

El gran telescopio refractor del Observatorio de la Universidad de Harvard, que se instaló en 1847. Foto de Brandon Lazo.