

Jocelyn Bell descubrió en 1967 un nuevo tipo de estrella cuando era todavía una estudiante de doctorado en astronomía. No pienses que hizo su descubrimiento mirando con un telescopio normal. Lo hizo con un radiotelescopio, un instrumento que detecta las ondas de radio que vienen del espacio. Nosotros utilizamos ondas de radio todos los días, para conectarnos al wi-fi, con el bluetooth o para hablar con el móvil. Y para escuchar la radio, claro. Jocelyn fue muy constante y observó muy atentamente los datos que llegaron a su antena, y se fijó en que había una señal tan extraña que, al principio, muchas personas pensaron que la podían estar enviando los extraterrestres. Al final resultaron ser los restos de una estrella que había explotado hacía muchos años y que estaban girando muy deprisa, a consecuencia de casi haberse destruido. A este tipo de estrella especial la llamaron "pulsar".
Su jefe, Antony Hewish, que al principio no la creía, se puso muy contento y comunicó el gran descubrimiento a la comunidad mundial de científicos. A consecuencia de ello le dieron a él y a su compañero Martin Ryle, que había diseñado la antena que utilizó Jocelyn, el premio más prestigioso del mundo: el premio Nobel. El jurado del premio, desgraciadamente, se olvidó por completo de nuestra astrónoma, quien no recibió el reconocimiento que merecía. Ella siguió dedicándose muchos años a la investigación del espacio, pero si le hubieran dado ese premio, la verdad es que habría encontrado trabajos mejores a lo largo de su carrera profesional.
Desde hace años se dedica a ayudar a las jóvenes que están empezando en el mundo de la investigación, para que no les falten ánimos y apoyo, el que muchas veces echó ella misma en falta.

La joven Jocelyn Bell, junto a la antena de otro radiotelescopio y con una hoja de datos en la mano.